Extracto del pregón de Setefilla López Jiménez, 16 de abril de 2011

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PALMAS Y RAMAS DE OLIVO

La luz transparente de mediados de abril se derrama sobre el valle vivo de este Guadalquivir que se asoma sigiloso por nuestro pueblo. Los naranjos florecidos, han dado cobijo a los vencejos que revolotean alrededor de la torre sin campanario que anuncia el Domingo de Ramos.

La Cuaresma, ha cortejado a la Semana Santa durante sus cuarenta días y noches, y se ha vestido de nuevo para su cita. Cada noche, la luna en un nuevo despertar ha fantaseado como el que espera a su enamorado. Hasta la hora que marca el reloj se adelanta para que el tiempo no se recree en el suspiro que se escapa. Tornaremos a la puerta del templo de San Sebastián para volver a empezar la cuenta atrás, y comenzar con la ceremonia de una semana que marca los años por estrenos y salidas. El pueblo de Lora, que viste sus calles de esplendor, guardará en un baúl el letargo de un triste invierno. Llegan los días de la luz, de la luz que calienta el alma, la luz de los sentidos que tiene a Dios en su cima. Ya se acerca ese gran día, cofrades, abrid el alma! porque el Señor con su luz, viene enamorando el alba.

Un día, muy de mañana, cuando el Señor camina hacia Jerusalén para celebrar la fiesta de la Pascua, a dos de sus discípulos, le confío una tarea: “Id a aquella aldea de enfrente, y en una huerta, encontraréis un borrico atado que nadie ha montado todavía. Desatadlo y traedlo. Y si alguien os pregunta por qué lo hacéis, contestadle que el Señor lo necesita.”

Y así lo hicieron los discípulos. Antes de llegar a la huerta, se encontraron con una ermita, casi a la afueras, pero no encontraron ningún indicio de la presencia de animales. Continuaron su camino, y encontraron un terreno limpio y cercado, con aperos de labranza y un pozo de agua fresca. Detrás de la gran cosecha, apareció un establo, todo lleno de animales. Entraron muy despacito, entre gallos que cantaban, presagio de negación de San Pedro otro día. No encontraron al burrito, ¿cuál sería su pesebre?

El burrito, que era travieso, al despertar el alba, se encontró con mariposillas que a su alrededor jugaban, y siguió tras de ellas, correteando por la calle Alcántara.

Llegó hasta este convento, y se asombró de su espadaña.

Allí vio la campana que oía por las mañanas, sus orejillas movía complacido por tanta gracia. Las mariposas volaban siguiendo la calle arriba y se pararon en una plaza, con grandes palmeras muy altas. De nuevo otra campana se escuchó desde otra plaza, y sus orejillas de burrito, estiró para ver el origen de ese toque de campana. ¿De dónde venía el aire glorioso y esa brisa de alabanza? Las mariposas se recreaban en las cercanías de la plaza, y el burrito se aventuró por otra calle muy larga. La torre de la

Asunción, paciente ya lo esperaba. Lo veía acercarse trotando, con gracejo y elegancia. La fuente de la placita concebía viva agua, para saciar la sed del jumento que embelesado venía por el repiqueteo alegre de la fiesta de ese día. La torre desde lo alto, llena de la fe de este pueblo, le contó que por la tarde, el trono de Dios sería. Que discípulos del Señor, lo esperaban en el corral, para llenarlo de amor y cumplir la profecía. Maravillado y nervioso, venía por San Fernando imaginando la montura que lo adornaría. Su lomo aterciopelado, alegre lo acogería, porque un caballo andaluz, seguro que parecería. Llegó a su huerto y sentados, encontró a dos hombres inquietos, que al verlo a él se alzaron llenos de mucha alegría.

El Señor te necesita, tú eres fuerte y hermoso, y vas a conquistar la villa. Atrás se quedaron los días de labrar la tierra fértil, de llevar sobre tus lomos los frutos de la cogida. De servir al hombre del campo, hoy servirás al Mesías, porque Él es la cosecha divina del Reino de Dios de la vida.

Y así ocurrió, en aquella primavera de hace casi veinticinco años, cuando el burrito salió gallardo, engalanado, firme, seguro y orgulloso por ser el trono del rey eterno que cabalgaba en su lomo confiado.

Y yo te veo presidiendo el altar. Te veo en las alturas, como las nubes en el cielo. Erguido, como espiga recién florecida, con fuerza y valentía. Y yo me veo pequeña. Tú eres la gran luz, y yo tan solo un brillo de tu amor.

Has llegado a mi vida triunfando, como en el Domingo de Ramos. El Mesías que esperaba ha llamado a mi puerta, y me ha enseñado la paz y el amor. Tu mirada limpia me ha mostrado el camino que me lleva a ti. Tu mano bendiciendo me ha tocado el alma, y me has otorgado la fe para creer en Ti.

Tus labios me han soplado el espíritu y me has llevado a tu mundo, me has cautivado con tu palabra, con tu mensaje, con tu entrega de amor hasta la muerte.

No quiero que termine este domingo que esperamos, quiero verte sobre la borriquita. Victoriosa es la entrada que esperamos, y verte entregando tu sonrisa a este pueblo que te espera. No quiero que pase este día porque sé lo que vendrá. No quiero que bebas la agonía del monte de los olivos, no quiero dormirme cuando me necesites, no quiero ver tu traición en un beso, ni verte cautivo, azotado y condenado. Quiero verte entre terciopelo blanco, en triunfo mesiánico que a veces no logramos comprender. Quiero verte entre la gente que te aclama, entre tus discípulos que te siguen, entre los niños con palmas. Y ver un nuevo amanecer a tu lado. Ver como consagras el pan y la sangre de tu amor. Quiero verte calmar la ansiedad de un pueblo que llora en silencio la pobreza que todos hemos ido amasando. Quiero verte serenar el dolor de hombres y mujeres que sienten la soledad como compaña. Quiero verte acunar ilusiones de feligreses por un templo que realce tu presencia en tu barrio de la Huertecilla.

Y quiero volver a verte en la Resurrección de nuestros corazones, en la esperanza de la Pascua, en la venida que nos lleva hasta el gran día de la luz. ¡Bautízame de nuevo con tu agua, porque la fuerza de tu resurrección es un vendaval en mis entrañas! La oscuridad de la noche, me ha llevado a una espera confiada.

¡Cristo ha resucitado!

¡Quédate con nosotros! ¡Cristo ha resucitado!

Pensé que era primavera,

porque vi los pétalos de una flor.

Y no me di cuenta que el brote

era una yema de amor.

De un tronco seco y marchito,

en silencio de oración,

Cristo venció a la muerte

y otra vida nos regaló.

Ahora, ya es primavera,

la esperanza ya floreció

y todas las flores del mundo

son fruto de tu Resurrección.

Vámonos para la Huertecilla,

que el Señor nos está esperando!

¡Coge tu rama de olivo y vámonos preparando!

Que mañana ya es domingo,

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Que el Señor ya está llegando!

¡Prepárate nazareno!

Sujeta tu palma en la mano,

y ve sembrando el camino

de amor entre tus hermanos.

¡Que el Señor ya está llegando!

Dicen que lo han visto

por Aguabuena pasando.

¡Eso que he ido a la ermita,

a ver a su madre bendita

que por Él va suspirando!

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Domingo que ya esperamos!

 

¡Que ya está aquí en su templo!

Que yo lo he visto esta tarde,

Que va contando las horas

para mostrarle a este pueblo,

que viene lleno de Hosannas

para los niños loreños.

 

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Domingo que ya esperamos!

 

Subido ya en la palmera,

el niño travieso del templo,

mientras que San Juan lo mira,

y el niño sigue subiendo.

Una mujer de rodillas,

su manto le echa al paso,

al Señor que ya camina

entre huertos y naranjos.

San Pedro abre las puertas

al Señor que ya va entrando,

mientras que otra mujer con gracia

¡Hosanna! viene aclamando.

 

El niño que va delante,

jugando está con las riendas,

va tirando del corcel,

suave, suave, sin mucha fuerza.

 

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Domingo que ya esperamos!

 

Ocho ángeles del cielo

han bajado hasta tu paso,

son niños de Lora que un día

subieron a lo más alto.

A jugar en tus jardines,

en tus plazuelas y calles,

y a cantarte despacito

en los coros celestiales.

 

Dos van en la delantera,

alzando tu escudo al aire,

y otros dos en la trasera

en talla muy elegante.

 

Dos van en un costero,

bailando al son de ese cante,

que cantara el Niño de la Huerta

a tu Soberana Madre.

 

Y los otros dos que nos quedan,

sentados junto a la Reina,

porque no quieren perderse

el día triunfante que nos espera.

 

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Domingo que ya esperamos!

 

¡Qué suerte tengo, Dios Mío!

De poder ir siempre tan cerca,

y poder verte la cara

tan gitana y tan morena.

 

Ver como vas bendiciendo,

cada casa, cada enfermo,

lanzándoles un beso tierno

como alivio del tormento,

al enfermo y su familia

para darles el consuelo

que en la vida necesitan.

¡Que ya es Domingo de Ramos!

¡Hosannas por las esquinas!

¡Que el Señor que está llegando

es el hijo de María!

¡El que nació en un pesebre!

¡El que vive en nuestra ermita!

¡El que bendice los campos

cada año en romería!

¡Qué resuenen las salvas!

¡Que es un día de alegría!

Que el Señor que está llegando,

es la semilla de amor,

esperanza y salvación,

en vida cada día.

 

¡Domingo de palmas y ramos!

¡Domingo que ya esperamos!

 

 

La cal fresca y lozana ilumina las fachadas, San Fernando, San Juan, la Roda, Alcántara y Santa Ana. Y esperando ese gran día, el balcón ya se engalana, con ricos tejidos sencillos de color morado y grana. Y aguarda la bendición de su olivo y de su palma. En silencio lleva esperando, desde el día que le quemaran, su palma seca y podrida de la Semana Santa pasada. Inquieta tiene la forja, los barrotes de su alma, de verse abrazar de nuevo, la rama de los hosannas. Las flores en sus macetas, con vivos tonos alegran la mirada del anciano que las tiene siempre cerca. Tras el cristal que lo apresa, con el sol sobre sus piernas, ve cómo pasan los niños vestidos de gran pureza. Una oración callada, como un canto de saeta, musitará entre sus labios por la esperanza que llega.

El balcón que se engalana llegando la primavera, no quiere que pase el día, quiere estar siempre a su espera. Porque el Domingo de Ramos, es el día de su fiesta, cuando se viste de nuevo, cuando la marcha se asoma y el incienso que lo envuelve sabe a noche de victoria. Poesía en el balcón de geranios que florecen, de canarios que cantan al sol, de besos de despedida cuando la Señora pasa y nos va dejando la luz y la Paz de su mirada.

Una estela ha dejado, blanca paz sobre la espuma, cuando la virgen pasea toda llena de dulzura.

“Hágase en mí según tu palabra” ¡Que fuerza impregnan estas palabras! Una mujer sencilla, y “llena de gracia” que confío en Dios. María es la mujer del silencio. Es mi eje de simetría. Música celestial que perfuma el sueño en noches de incertidumbre por un mañana. Busqué un lugar para dar respuesta a pequeñeces de la existencia, y allí estabas Tú. En momentos de inquietud y congoja, fuiste el bálsamo divino, que me dio un poco de tu Paz. Olvidé tantas cosas mientras me sentaba al borde del camino, que rescatarlas del tiempo era imposible. Pero me hiciste ver de nuevo la ilusión, y comencé a sonreír. Mi vida, que aparentemente no había cambiado, empezó a reflejar otro matiz, y desde entonces asimilé mi existencia y la de los míos. Necesito de la Paz de tus manos. Aquí te presento las mías, moldéalas de ternura, que quiero ser el fermento de aquel beso que no llega. En tus manos la plegaria de la voz de la razón, que venga la Paz a la Tierra y concédenos perdón.

 

Ya no hay tinta en el tintero, de este mi pobre corazón. Ni palabras en mi boca para dedicarte una humilde oración. Mi mente se nubla al verte, cada día que te tengo cerca, e hilvanas mi pensamiento con un derroche de amor. Voy planchando tus encajes, tu saya, tus enaguas, con paciencia y con tesón, para que cuando llegue el día reluzcas como si fueras el mismo sol. El brocado de tu saya, con hilos traslucidos de resplandor, me parece fina plata trenzada con mucho amor. Con una gubia en las manos, un loreño te recreó. Imaginó tu cara morena, esencia del soplo divino que por la vega llegó, y convirtió un tronco de cedro en un milagro de Dios.

Entre la candelería, una reliquia santa es tu insignia de devoción. Santa Ángela de la Cruz, una monjita muy buena que se hizo pobre entre los pobres, para llevar al necesitado el Resucitado de la luz.

Sobre las sienes, una corona de plata, símbolo de la realeza con la que el Señor te entronizó. Eres la madre del Divino Redentor, el Príncipe de la Paz, que el Domingo de Ramos avanza sobre un platero de espuma, surcando la eternidad.

 

Cuando salgas a la calle, los ángeles del cielo, te darán la bienvenida con chicuelinas de color. Capotes azul y plata entre naranjos en flor para recibir a la capitana de costaleros de pasión. Empieza una reconquista, en la Tierra el firmamento, y el edén que nos espera, después de la calle Cristo. Candor de cera rizada, capricho de rosas blancas, ángeles de plata vieja y candelabros de filigrana. El incienso dibuja Hosannas en la tarde celestial, y los niños meciendo sus palmas la terminan de colorear.

¡Ay! ¡Mi Virgen Niña! ¡María Santísima de la Paz! ¡La de las manos benditas del silencio y de bondad!

Las manos de la Virgen María son las manos de la Paz. La que nos presentan a su hijo que está siempre en el altar.

 

Tus manos son como pétalos que se esparcen al volar,

plata en olivo sencillo que busca donde anidar,

son las alas de una paloma extendiéndose en mi mar

y van dejando la huella del amor que tu me das.

 

 

Tus manos entre las mías,

vida extendían entre semillas.

Sentía tu piel suave,

acariciando la mía.

Con un pañuelo de hilo

bordado con armonía

limpiabas lágrimas de plata

que resbalaban por mis mejillas.

Una flor entre tus manos

tiembla por ser acogida,

por ser las manos sencillas

de la dulce Virgen María.

 

Un instrumento en tus manos

sueña con tus caricias

cuando la vida compones

tocando una melodía.

 

La armonía de tus manos

perfila la vida misma,

cuando el Domingo de Ramos

esbozas una sonrisa.

 

La avenida de Santa Ana

con sus naranjos en flor,

música componen al verte

dándote todo su olor.

 

Porque la Paz de este pueblo

camina besando el cielo,

cuando sus hijos perfuman

la huella que deja un beso.

 

Su hijo sobre un borrico

va levantando el vuelo,

y ella con su cara de azucena

quiere buscar el consuelo.

 

La Paz que Cristo nos deja,

la Paz que Cristo nos dio,

es la Paz que todos llevamos

muy cerca del corazón.

 

Porque el amor engendra vida

dicha, ternura, belleza, ilusión

y nosotros con nuestras manos

la moldeamos en la sombra

buscando nuestro propio yo.

 

¡Albura tiene su ascenso

en el agua de su seno!

Porque el espíritu de Dios

siempre está en el sacramento.

 

 

 

Una flor,

una espiga,

el pan, el vino y el sol,

la Paz de tus manos dan vida

y nos llenan de resurrección.

 

¡Agua Viva entre tus manos!

¡Tus manos son el sagrario!

¡Que repiquen las campanas

de todos los campanarios!

¡Que la vida ha renacido

para todos los cristianos!

¡Paz en tu mirada,

en la infancia, en el dolor!

¡Paz en los pueblos que luchan

buscando un mundo mejor!

¡Paz que inunde los campos!

¡Paz en el corazón!

¡Paz en tus ojos de Reina!

¡Paz es la esperanza eterna!

¡Paz es tu Resurrección!

 

Languidecen mis palabras en esta noche de abril, quedándose en mi nostalgia siempre por sobrevivir. Con el alma de rodillas una oración lanzo al cielo, por las devociones de María, que dan en mi vida consuelo.

 

Virgen de la Cabeza, entre almazaras y olivos, miel de la sierra de

Andújar, la del olivar bendito.

Virgen de Setefilla, la de mis padres y abuelos, la que dio nombre a mi

alma y dotó de fe mi vuelo.

 

“Proclama mi alma la grandeza del Señor”

¡Dios te salve, Virgen María!

¡Reina de mi corazón!

¡Reina de todos los niños!

¡Reina del bendito Amor!

¡Reina del pueblo de Lora!

¡Reina de la luz del Salvador!

¡Reina de toda esperanza!

¡Reina del cielo que espero

tras mi muerte y resurrección!

 

¡Reina de la Paz!

 

Amén.

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